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CAÍDA DEL MARSUPIO: LA CRIANZA DE UNA ZARIGÜEYA


PUEDES LEER LA PRIMERA PARTE DE LA HISTORIA ACÁ: https://abrilmara.com/caida-del-marsupio-la-historia-de-una-zarigueya/

Durante la primera etapa de crianza de Biscolata me convertí en una persona más paciente y dedicada ya que ella requería muchos cuidados y gran parte de mi tiempo. A medida que crecía me iba informando a través de diversas investigaciones, portales especializados en este marsupial y por supuesto, con expertos en el tema, pues quería dar lo mejor de mí para poder criar una zarigüeya sana. 

Habiendo cumplido un mes a mi lado, dejé de ponerle las botellas de agua caliente debajo de su cama debido a que Bisco ya producía su propio calor y por lo tanto no era necesario simular el ambiente de un marsupio. Biscolata seguía comiendo papillas de fruta ya que en algunas ocasiones se atragantaba por comer apresuradamente, así que siempre trituraba bien la manzana para que no hubiera riesgo de que se ahogara al comer; sin embargo, una noche Bisco me dió una gran sorpresa. Para ese entonces ya habíamos establecido un horario y debido a que ella ya había desarrollado su habilidad de trepar, la sacabamos todas las noches y la dejabamos correr alrededor del cuarto en total libertad, por su puesto, con la puerta cerrada para evitar que entrara la gata Marttina. Fue entonces, en un momento de curiosidad e instinto en el que Biscolata se comió un pequeño cucarrón que encontró muerto. Sinceramente, aunque sabía que las zarigüeyas comen insectos, me sentí algo timada, pues llevaba días macerando la fruta y Bisco ya era capaz de comerse un insecto completo y sin la menor dificultad.

Desde ese momento, le comencé a dar pequeñas arañas e incluso un día se me ocurrió darle una lombriz. Afortunadamente, a Biscolata le encantó su nueva comida y su dieta cambió por completo. Aunque seguía comiendo frutas, también empezó a consumir otro tipo de insectos tales como cucarrones, grillos, ciempiés, cucarachas, alacranes, etc. y fue así como comenzó a aumentar su peso. No obstante, Bisco amaba comer mandarinas y como nos encontrabamos en época de cosecha, cada vez que la llevaba al vivero para que empezara a ser más independiente, solo le bastaba con unos segundos para encontrar una y quedar con los bigotes anaranjados. 

También comenzó a trepar con más seguridad y casi siempre elegía los mismos lugares para hacer sus necesidades. Asimismo, subía siempre a la misma rama de un mandarino y se frotaba la cara contra el liquen; aún no he descubierto porqué hacía esto pero me encantaba verla feliz trepando y explorando todo el jardín. Biscolata ya era capaz de caminar a paso acelerado, se ocultaba si escuchaba algún ruido extraño y por supuesto, gruñía si se sentía amenazada. También trepaba a lugares altos si sentía cerca a algún depredador, y esto lo pude comprobar un día en el que mi primo llegó a saludarnos e hizo mucho ruido al abrir la reja; Bisco se asustó y en ese momento decidió subir hasta mi cabeza. Lo mismo hacía si veía correr a las perritas, trataba de encaramarse en el mandarino y se quedaba inmobil un buen tiempo hasta que todo volviera a la calma.

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En una ocasión llegó a morderme, ya que como muchos saben, las zarigüeyas son animales nocturnos y de día no tienen la misma visión, así que para ella era difícil reconocerme así me tuviera solo a unos pasos de distancia. Quise alzarla para llevarla de nuevo a la casa y debido a que la cogí desprevenida, Biscolata se asustó, me mordió la mano, corrió y se escondió entre un hueco. Aclaro que el mordisco no fue doloroso debido a la dentadura que tenía en ese momento, pero para mí fue algo sorprendente, más aún porque desde su escondite me gruñía y me miraba con desconfianza. Supe entonces, que Biscolata aún conservaba ese instinto salvaje; Sin embargo, ese no fue el único factor que me lo indicó.

Una noche, estando en mi cuarto, la dejé andar por ahí como siempre, ella se la pasaba escalando y oliendo absolutamente todo; yo conseguía lombrices y se las ponía en diferentes partes para que ella misma las buscara. Luego, terminada su cena, cogía papel higiénico, limpiaba los regueros que ella hacía y los dejaba amontonados en un rincón. De repente, vi a Biscolata andando con un pedazo de papel enrollado en su cola; al comienzo me produjo algo de risa, creí que se le había enredado y por lo tanto procedí a retirárselo. Al cabo de uno o dos minutos, Biscolata tenía de nuevo otro pedazo de papel en su colita y luego empezó a recoger otros más. Ahí pude constatar que lo que había leído en los documentos con los que me informaba para su cuidado, era totalmente cierto. Biscolata estaba recolectando esos materiales para hacer su nido. Los cogía con sus manos, los pasaba por debajo de su barriga y con sus patas traseras se ayudaba para enrollarlos en su cola. Después se metía a la cesta donde dormía y los dejaba allí, aunque claro, en otra ocasión decidió que haría su nido entre mi camisa ya que ella elegía lugares donde no le entrara mucha luz. 

Me sentía muy orgullosa de verla tan grande, fuerte y sobre todo, salvaje, pues mi objetivo desde un comienzo siempre fue liberarla y para esto requería que ella no se domesticara. Al comienzo tuve mucho miedo de no saber criarla y que algo malo le sucediera por mi culpa. Por tal motivo, siempre consultaba en portales y grupos para compartir mi experiencia y recibir consejos, y aunque aprendí mucho de las personas que me daban recomendaciones, no hubo mejor maestra que Bisco. Comencé a dejarla sola más tiempo y solo tenía contacto con ella para lo estrictamente necesario, alimentación y aseo, ya que de lo contrario, se produciría un efecto de impronta (domesticación) y no podría ser liberada. La llevaba al vivero y me hacía lejos para poder observarla pero siempre manteniendo la distancia, también empecé a dejarla en una jaula durante el día. Allí introduje muchas ramas con liquen y hojarasca seca para que Bisco empezara a dormir en un ambiente más natural. 

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Debido a que mi mayor miedo siempre fue mi gata Marttina, dejaba la jaula cerca a la casa de Dulce y Pingüi, mis perritas. Sabía que allí sería difícil que Martti se acercara ya que Dul siempre la saca corriendo. Asimismo, Ohana, otra de mis cachorras, quien desde el comienzo se declaró la protectora de Bisco, vivía pendiente de cualquier movimiento. Con el tiempo, fui pensando en su liberación, y no voy a negar que cada que pensaba en este momento, terminaba ahogada en un mar de lágrimas. Sin embargo, para mí era claro que tendría que liberarla y cuando estaba decidida a hacerlo, me recomendaron esperar, pues era necesario que ella pesara alrededor de 700 gramos y comenzara su desarrollo hormonal para así evitar que fuera presa fácil de algún depredador. 

Seguí estas recomendaciones y decidí que se quedara otro tiempo más. Bisco ya estaba cambiando su pelaje, sus orejas estaban prácticamente negras y su marsupio también iba tomando una tonalidad oscura. Aunque a veces la sacaba en las mañanas o tardes, opté por sacarla a caminar a las 6 PM para que andara en medio de la oscuridad y el matorral. Logicamente, tuve que armarme con linternas para poder verla y estar pendiente de que no fuera a llegar ninguna de mis gatas. Le encantaba ocultarse debajo de unas enredaderas, trepar a un palo de mango si sentía miedo y buscar bichitos en la tierra. Alrededor de las 7 la volvía a meter en su jaulita, esparcía lombrices entre el pasto seco y la dejaba en el patio sobre unas canastillas. Desde el comedor de mi casa la observaba, al comienzo cada 2 minutos, pues me preocupaba que se saliera o la atacaran; luego, fui dejando la paranoia y era capaz de dejarla incluso media hora sola, aunque claro, sola del todo no estaba, allí siempre permanecía Dulce pendiente y tipo 8 PM llegaba una zarigüeya adulta al palo de mandarina. Fue entonces cuando se me ocurrió una idea.

Ya tenía calculada la hora en la que Ceniza, la zarigüeya grande, venía al mandarino, también sabía en qué ramas se hacía a comer fruta, así que decidí atar la jaula de Bisco con un lazo y subirla hasta el árbol. Quería que Ceniza y Biscolata se conocieran y obviamente, que Bisco empezara a estar en lugares más altos y en total oscuridad. Los primeros días Ceniza no quiso acercarse, pues al ver la jaula, sentía desconfianza; después empezó a llegar a las ramas cercanas a Bisco y allí se quedaba. No sé qué podrían estar pensando ambas, y aunque suene algo ridículo, siempre me sentaba a hablarle a Ceniza y le pedía que en un futuro me ayudara a cuidar a mi pequeña Bisco cuando estuviera en completa libertad. 

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Hasta el momento, Biscolata sigue a mi lado, durmiendo casi todo el día y despertándose muy puntual a las 6 de la tarde. Le encanta andar de un lado a otro y me sigue gruñendo cuando aparezco sin que me espere. Va buscando animalitos para comer y cuando encuentra un lugar seguro, se sienta a bañarse e incluso a veces se queda dormida. En algunas oportunidades la he dejado a la intemperie para que sienta algo de frío y busque por sí misma la manera de organizar su nido. Aun así, en las noches duerme entre mi armario pues por falta de tiempo y materiales, no he logrado adaptarle un hogar en los árboles, en el cual esté protegida no solo de la lluvia sino de Marttina.

Sé que será muy difícil para mí liberarla, pues Biscolata es un ser que no solo me ha enseñado sobre zarigüeyas sino también a amar sin poseer. Ella es un animal silvestre y quiero que pueda hacer su vida en el campo, aunque no niego que sería genial si ella, al igual que Ceniza, me visitara todas las noches. En todo caso, me alegra ver que Bisco cada día está más preparada para empezar su vida en total independencia y para mí este es uno de mis mayores logros, pues como dicen por ahí “estar vivo tiene sentido cuando se es testigo de la vida misma”.


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