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Abril mara fotografía

CAÍDA DEL MARSUPIO: LA LIBERACIÓN DE UNA ZARIGÜEYA – TERCERA PARTE.



Puedes leer la segunda parte acá: Caída del marsupio 2: La crianza de una zarigüeya.


Biscolata ha crecido mucho, su peso incrementó a medida que iba volviéndose más territorial y agresivo. Le gustaba andar por el jardín, buscar huecos en donde refugiarse y comer cuanto insecto encontraba en su recorrido. Ya no se dejaba alzar tanto y gruñía bastante; en definitiva, su instinto salvaje estaba saliendo a flote.

Sin embargo, hasta que Bisco no alcanzara los 700 gramos no podría ser liberado pues sería presa fácil para algún depredador; por ende, tuvimos que esperar y continuar en entrenamiento. Junto con mi tía, metiamos a Bisco en una caja de cartón y allí le arrojabamos insectos vivos (cucarachas especialmente) para que Bisco fuera volviéndose más ágil a la hora de cazar su comida. 

Cuando lloviznaba sacaba a Bisqui al jardín para que sintiera la lluvia y por sí mismo buscara refugio. Su lugar favorito era un pequeño espacio que se formaba entre unos ladrillos, pues allí no entraba mucha luz y además la cantidad de matas ayudaban a ocultarlo. Allí permanecía durante horas durmiendo y a las 6:00 pm se despertaba a andar y explorar. Ya no había necesidad de conseguirle lombrices puesto que Bisco cazaba arañitas y ciempiés que encontraba debajo de las materas; también buscaba agua que se aposaba en las hojas de algunas plantas o en materas desocupadas. En ocasiones le dejaba huevo cocido y una que otra fruta de temporada; sin embargo, Bisco no desaprovechaba las mandarinas que habían caído del árbol. 

Biscolata le gruñía a las perritas, le lanzaba mordiscos especialmente a Dulce Pastora y nunca daba la espalda si sentía algún depredador cerca. Huía, buscaba escondites donde se sintiera a salvo y  desde allí se quedaba vigilando en total quietud. Durante el día lo llevaba a la finca para que durmiera entre montones de pasto seco; olía todo, mordía el tallo de algunas plantas e incluso se hundía entre un mar de hojarasca a buscar bichitos para comer.

Yo cada día me sentía más orgullosa de Bisco, continuaba informándome con expertos rehabilitadores y leyendo todo tipo de investigación relacionada con las zarigüeyas. Fue entonces cuando descubrí algo que le daría un giro a la historia de Bisco. Como mencioné en la primera parte de este proceso, las zarigüeyas tienen doble aparato reproductor (dos vaginas y dos penes), adicional a esto, las hembras cuentan con un marsupio en la parte abdominal y los machos poseen testículos. Lo que yo creí en un principio que sería el marsupio de Bisco terminó siendo un par de testículos, por lo tanto, Biscolata es un macho y todo este tiempo fue tratado como una runchita. Se preguntarán cómo no me di cuenta de esto, pues bien, les contaré que los testículos de las zarigüeyas a diferencia del de otros animales, se encuentran ubicados por encima de los penes, es decir en el vientre, y esto sumado a que Bisco no tenía ninguna otra protuberancia sino dos pequeños agujeros, me hizo creer que su aparato reproductor era de hembra. 

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Quise confirmar este hallazgo y consulté con fundaciones y refugios de zarigüeyas en México y Colombia. En ambos lados me dijeron que efectivamente Bisco era un macho y asimismo, me contaron que esas confusiones suelen ser comunes debido a que cuando están pequeños, los testículos cuelgan como una especie de saco y debido a su ubicación se llega a pensar que es un marsupio. Mi primera reacción fue de risa y posteriormente, me sentí mal, pues en medio de mi desconocimiento, saqué conclusiones de manera acelerada. Aun así, Biscolata siguió siendo su nombre, claro que rara vez lo llamamos así… casi siempre es Bisco, Bisco Malvavisco, Bisqui, Bisquín, Bisquito, entre otra cantidad de nombres que entre mi familia, mis amigos y yo le hemos ido asignando. 

Quiero aclarar que este descubrimiento no cambió en nada mi amor por Bisco, por el contrario, seguí queriéndolo, cuidándolo y enseñándole. Escalábamos árboles juntos y entre los dos buscábamos insectos debajo de piedras y maleza, pero una noche y de la nada, Bisqui se enfermó. No podía andar como antes, caminaba muy despacio con sus patitas traseras muy pegadas, no podía subir escalones y a veces se iba de lado. Tuve mucho miedo de que Bisco tuviera principios de EMO (Enfermedad Metabólica Ósea) y de manera inmediata busqué la manera de revertir esto. Cuando amaneció lo llevé a tomar el sol, pues los rayos solares ayudan a que los huesos adquieran calcio. Allí estuve con él en horas de la mañana y luego empecé a hacerle terapia en sus patitas. Le hacía ejercicios de estiramiento con mucho cuidado y lograba ver algunos cambios positivos, pero viendo que no era suficiente opté por comprarle sardina y espinaca. Estos alimentos proveen calcio y fósforo, justo lo que Bisco necesitaba para mejorar su condición. Efectivamente al cabo de unos días Bisco ya caminaba mucho más rápido, volvió a trepar y a subir escalones.

Biscolata tomando los primeros rayos del sol para adquirir calcio.

Tal vez muchas personas no logren entender cuánto me costó críar a Bisco. El miedo constante a que se enfermara por mi desconocimiento, ser señalada/juzgada por biólogos o expertos en el tema, e incluso ganarme un problema legal por tener un animal silvestre bajo mi cuidado. Lo cierto de todo esto es que cada día tenía un motivo por el cual levantarme a seguir aprendiendo sobre zarigüeyas; siempre tuve las mejores intenciones con Bisco, traté de informarme bastante y permitir que él por su cuenta fuera enseñándome todo lo que algunos teóricos y libros no me llegaron a mostrar. 

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Le llevaba un control de su peso y le hacía madrigueras en el vivero para que durmiera entre la vegetación y se fuera acostumbrando a su nuevo hogar. Bisqui se aprendió el camino a su casa y me mordía cuando intentaba sacarlo de allí; el mismo también buscaba cavidades en donde meterse a dormir y fueron varios los sustos que me dió, pues encontrarlo no era nada sencillo. Decidí que Bisco sería liberado en el vivero de mi casa ya que allí podía encontrar agua, fruta, insectos y compartiría su hogar con ñeques, ardillas y otras zarigüeyas. Así que habiendo pasado 3 meses desde que decidí hacerlo parte de mi vida, procedí a liberarlo.

Le hice varias madrigueras cerca a la quebrada, le ubiqué comederos y lo llevaba durante el día para explorara la zona donde empezaría a vivir su vida en completa libertad. El 12 de octubre llegó y así dimos inició al gran momento, en horas de la mañana lo dejé en el suelo y él se fue caminando hacía su madriguera; allí se arrunchó y permaneció toda la tarde. Sin embargo, cuando cayó la noche la intranquilidad me invadió, me acosté llorando puesto que había comenzado a llover y temía que algo le pasara a Bisco. A pesar de saber que él estaba preparado para afrontar su nueva realidad, yo como mamá adoptiva me dejé embargar por mil sentimientos que no me dejaron conciliar el sueño. A las 11 de la noche creí escuchar a Dulce ladrando, me levanté con linterna en mano a revisar el patio y no vi nada raro. Sin embargo, Ohana y Rufus me señalaban algo bajo el comedor; allí estaba Bisco escondido, buscando refugio de la fuerte tormenta que se desató esa noche.

Bisco ya no se dejaba tocar, gruñía demasiado e intentaba morder.

A la mañana siguiente lo volví a llevar al vivero pero esa noche y la siguiente, Bisco regresó alrededor de las 7:30 pm, claro que ya no a la casa sino a una edificación abandonada que tenemos en nuestra propiedad y la cual fue su hogar durante su crianza. Al cuarto día continuamos con la misma rutina, mi objetivo era que Bisco se acostumbrara a vivir detrás del vivero pero no tuve en cuenta algo. Las zarigüeyas tienen excelente memoria, ellas saben como ir y volver al mismo lugar, así que aunque Bisqui ya se había aprendido una vez el camino a su madriguera (en el vivero), también había aprendido a regresar al lugar donde había habitado los últimos dos meses (casa abandonada). Pueden estar creyendo que Bisco Malvavisco me buscaba a mí por ser su mamá adoptiva, pero no, Bisquín me pasaba por el lado y practicamente ni me determinaba, incluso si me acercaba me gruñía y trataba de esconderse. Mi tía me aconsejó llevar la jaula para el vivero, pues tal vez así Bisco se quedaría allí y no subiría más hacia la casa. Esa noche Biscolata no regresó, y aunque era el objetivo, la angustia se apoderó de mí. Pasaron 5 días y no había rastro de él, yo le dejaba fruta y agua limpia atrás del vivero pero no fue sino hasta la sexta noche, que sin esperarlo y a pesar de haber perdido todas las esperanzas, Bisco volvió. 

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Había ido a ponerle purina a mis perritas cuando Dulce Pastora brincando intentó mostrame algo. Por supuesto, decidí ver qué había entre las plantas y lo único que encontré fue una cucarachita. Sin embargo, cuando encendí la linterna y empecé a mirar a los alrededores me llevé una gran sorpresa. Dos ojos brillaban en medio de la oscuridad; era Bisquito que había llegado a darse un festín cucarachón. Corrí a casa a avisarle a mis tías y mi mamá, quienes al igual que yo andaban preocupadas por Runchis; cuando fuimos a verlo él ya se había ido. Lo buscamos por todas partes pero no lo volvimos a ver, aunque claro, esa noche al que sí encontré fue a Cenizo comiéndose todos los gajos de naranja que le había dejado en el comedero. 

Después de tantas noches de preocupación pude volver a dormir tranquila pues no había podido conciliar el sueño debido a mi preocupación por la suerte de Biscolata. Tenía miedo de haber hecho mal mi trabajo y que por ende Bisquín no sobreviviera. No obstante, después de pedirle llorando al cielo que me permitiera volverlo a ver por unos segundos para cerciorarme de que estuviera bien, mi deseo se cumplió. Fue solo un minuto, pero quizá uno de los momentos más valiosos de este proceso. 

Actualmente sigo dejándole comida a todas las zarigüeyas, ñeques y ardillas, pues todo lo que viví al lado de Bisco me llevó a reflexionar más a fondo sobre los hábitos que podemos adoptar en pro del cuidado de nuestras especies. También quise compartir esta historia con el fin de darle protagonismo a un animal al que muchos consideran una «rata gigante que huele mal y se come las gallinas» pues no es justo que sigamos perpetuando estos estereotipos, condenando al destierro y la muerte a un marsupial tan sorprendente y noble debido a la desinformación o el miedo.

«La mayor lección de amor me la dió alguien que no hablaba la misma lengua que yo». Gilraen Earfalas.


Puedes conocer el origen de esta bella historia visitando: Caída del marsupio: El rescate de una zarigüeya.

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