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Mirlas cantoras


Nunca antes había visto tantos nidos en un solo árbol, cada rama albergaba familias de tángaras, azulejos, titirijís, paparotes, y por supuesto, mirlas. 

La primera vez que vi el nido fue toda una sorpresa para mí, pues me encontraba de espaldas haciendo fotos y al girar descubrí una mamá mirla incubando. Tanto ella como yo nos asustamos, y por consiguiente, “la pájara”, como la comencé a llamar, salió volando.

Al acercarme al nido realicé que allí había un huevo y a su lado un polluelo de unas cuantas horas de nacido; quedé asombrada al ver el cuerpo casi transparente del bebé pájaro. Podía ver cómo se movían líquidos dentro de él e incluso cómo se estremecía su cuerpo tras cada palpitar. Días después regresé y su hermanito ya había salido del cascarón; abrían su pico pidiendo comida y dormían prácticamente todo el día. Sin embargo, su crecimiento era acelerado, sus plumas brotaron rápidamente y en menos de nada los polluelos estaban listos para dar sus primeros brincos. 

Mamá mirla me dejaba acercarme al nido pero permanecía cerca vigilando y pasadas unas semanas, toda la familia emprendió su viaje entre los árboles. Pero aquí no acaba la historia…

Un día mientras jugaba con mis perritas, me percaté de una mirla que brincaba en el mandarino; pasó de rama en rama hasta llegar a su nido pues en lo más alto del árbol reposaba otra familia de esta misma especie. Mi alegría se multiplicó y aunque esta vez no podía documentar el nacimiento de los polluelos, me sentí dichosa por el solo hecho de esas vidas surgiendo en el patio de mi casa.

Sin embargo, una tarde escuché un estruendo y el chillido agudo de un pájaro. Salí corriendo, alcancé a ver dos mirlas volar y un charco de agua en el suelo. No entendía qué sucedía pero logicamente sabía que algo malo había ocurrido. Cuando regresé a casa escuché a mi gata Marttina debajo del comedor desgarrando algo… y sí, Martti había cazado una de las bebés mirlas, una pequeña que había empezado a volar y la cual intentaba calmar su sed cuando fue atacada.

Aunque tengo claro que la vida es efímera y que lo sucedido era parte de un proceso natural, quise ayudar a la mirlita y se la arrebaté a Martti con el fin de darle primeros auxilios. Sin embargo, fue muy tarde, su vida se había esfumado al igual que la felicidad que algún día me produjo su existir. No voy a negar que ese día lloré y llegué a sentir algo de resentimiento con mi gata, más aun cuando mamá mira regresó al árbol con semillas en su pico buscando a su bebé. Brincó de rama en rama y de árbol en árbol durante más de una hora, y aunque ella no pudiera entenderme, me senté a hablarle, a contarle que su bebé había volado más alto que nunca. 

Entendí que Martti había actuado según su instinto y aunque aún sentía nostalgia, supe que enojarme con ella era un tanto absurdo. Minutos después enterré a la mirlita y le sembré un par de flores rosadas, pues espero que a través de ellas viva y perdure por siempre. 

Para concluir, admito que siempre trato de ayudar a las bebés mirlas que apenas comienzan a dar sus primeros brincos, pues a pesar de saber que no debería intervenir en este tipo de sucesos, siempre procuro brindarles protección para que estén seguras y lejos de mis gatas. Quiero que salgan del nido a recorrer la vereda, que vuelen y canten; quiero que tengan la oportunidad de vivir.

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